Una de las etapas más importantes es el recocido o annealing, donde el vidrio formado se enfría gradualmente para eliminar tensiones internas. El recocido ocurre típicamente entre 450 °C y 620 °C para borosilicato, manteniendo el vidrio en esta zona por horas o días, dependiendo del espesor. Sin medición fiable mediante la calibración de termómetro certificado o termopares, las tensiones residuales pueden causar roturas espontáneas posteriores, especialmente en piezas expuestas a cambios térmicos en el laboratorio. El uso de un termómetro garantiza una curva de enfriamiento dominada, aumentando la resistencia física y térmica del producto final.

Otro defecto común es la devitrificación, donde el vidrio comienza a cristalizar incompleta si se mantiene demasiado tiempo en rangos intermedios de temperatura (entre 700 °C y 900 °C para borosilicato). Esta cristalización altera las propiedades visuales y mecánicas, volviendo el material opaco y quebradizo. El monitoreo constante con termómetros evita que el material permanezca accidentalmente en esta zona peligrosa durante transferencias o esperas entre etapas.

El enfriamiento posterior a la formación también requiere exactitud. En plásticos semicristalinos, una tasa de enfriamiento rápida (lograda con baños controlados térmicamente) produce estructuras más no cristalinas y transparentes; un enfriamiento lento favorece cristalinidad y opacidad. Dependiendo del uso final (contenedores transparentes vs. resistentes a impacto), el termómetro en el sistema de refrigeración permite elegir la tasa correcta.

La formación de trabajadores y técnicos también gira en torno al entendimiento del comportamiento térmico de los materiales. Un buen programa de entrenamiento incluye el uso correcto de termómetros y la interpretación de sus lecturas, pues una medición deficiente (por termopar mal colocado o no calibrado) puede ser tan grave como no medir en absoluto.